domingo, 15 de septiembre de 2013

Frank Rosenthal

Hay un invierno en cada domingo,
una avenida cada semana.
Un tren que se nos pierde,
un verso que olvidamos.
Hay una mentira en esos ojos desamparados,
una luna que nos esconde del fracaso.
Sonarán campanas por la muerte del poema.
Volverán los tiempos del rock y la droga,
volverán las revoluciones,
las medias mentiras,
las excusas a destiempo.

Se dibuja el abismo en la comisura de tus labios.
Se adivina, entre el humo, el más incierto
de los infiernos.
Un solo de saxo de fondo…
Una agustia que mata,
una lágrima que asfixia.
Volverán los tiempos de jazz y agujas.
Old Cadillacs never dies, Fisco make’m dissappear.

París no va a salvarnos del infarto.
Hijos del fracaso y la derrota
                                   -que diría François Villon-,
escudados en el ego de una mirada dura,
de una sonrisa rebelde,
de un par de sueños incumplibles.
Es el precio a pagar por entrar
                                                    en el Club de los Patéticos.
Nos mira la muerte como se evaporan
los labios que ya no nos amparan;
las cenizas de lo que pudimos ser,
los fantasmas de la desidia.


Avances, retrocesos.
Cambios, años, ciclos.
Creció Peter Pan entre viajes a Hong-Kong
y fumaderos de opio vietnamitas.
No hay llaves que abran sonrisas.
El peaje de la vida no es más que dejar
atrás momentos, personas, sensaciones.
Todo se reduce a eso:
cajas de caudales, escudos, máscaras,
azares, bacarrá, fichas,
una novela y un tren, la metáfora perfecta de mi vida
tragaperras, redenciones,
                                            insert coin.