jueves, 22 de mayo de 2014

Fallos

Porque todos los finales son el mismo repetido.
Joaquín Sabina

¿Dónde te escondes?
¿Dónde te guarda esta urbe,
entre tanta hostilidad
de exilios y angustias?
He visto el invierno hacerse nada en tus ojos.

Ya no escribo crímenes en tu espalda
ni me hablas de acompañarme
por la avenida de mi desesperanza.

Ahora me faltas y se completa un ciclo,
quizás el último.
Jugar a ser mayor era creerse las mentiras,
pero tú no querías un poeta
y no sabías que la luna trae tu nombre
y lo deposita en mi almohada
para que no te sienta tan lejos.

Te he buscado en versos,
en discos, en Urquijo y Grace Slick.
¡¿Dónde te escondes?!

Amor de agravios.

Yo supe amarte bajo los focos,
en la inmensidad de este monstruo
que nos rodea, de esta masa
que nos muerde-abraza, que alivia,
susurra, exprime y mata.

Cuando vuelvas, si lo haces,
ven vestida de duda,
blanca, eterna, como lo eras siempre,
con un verso en la garganta y
el odio que nos tenemos tatuado en la memoria.

Aunque no lo creas,
ni lo sueñes ni lo imagines,
aunque tú no lo sepas
he naufragado en el mar de tus labios
y no sé cómo revivir sin ti.
Ya no quedan palabras que te devuelvan,
ni sílabas que disfracen tu ausencias.
Ya no queda nada, una nada negra,
enorme, inmensa. Una nada sin remite,
que nos deja desamparados
bajo tanta contaminación y ruidos de trenes.

En mi atención y tu pena
quisiera pedir ahora
un armisticio de desarraigo.
Tú, que todo lo podías,
diosa acaso,
vuelve ahora o vete                                                                                                         pero pon fin a esta extenuante tortura.